La belleza de la soledad de una prostituta rusa en 10 fotografías

«Los hombres sólo necesitan sexo y yo necesito dinero...».



Tres millones de mujeres dedicadas a la prostitución es el saldo que las estadísticas arrojan sobre el comercio sexual en Rusia.
Esto seduce a los visitantes de esta nación euro-asiática, quienes se ven atraídos por la posibilidad de ver, tocar e intimar con alguna de las mujeres que, debido a la pobreza que asuela a ciertas áreas de este inmenso país, se dedican a una práctica que es ilegal. Rusia es popular debido a la exótica belleza de sus rubias mujeres de piel lechosa, ojos azules o verdes y cuerpos esbeltos, una imagen idílica pero que no siempre se corresponde con la realidad.




Tatiana Vinogradova ha entrado en la intimidad de los hogares de diez prostitutas para fotografiarlas al natural y conocer sus historias individuales. Ella es una fotógrafa freelanceradicada en San Petersburgo que se vio atraída por la vida secreta de estas mujeres y sus motivos para dedicarse a un oficio tan antiguo, peligroso y difícil. 



Cada imagen nos muestra la vulnerabilidad de estas mujeres de distinto aspecto, edades y personalidad. Pero lo realmente angustiante y conmovedor que se esconde detrás de sus cuerpos desnudos son las necesidades que las llevaron a decidirse por un oficio polémico para algunos.




La historia de Vera, de 45 años y afincada en San Petersburgo, es prueba clara de la dureza de la vida y los esfuerzos de una madre por ayudar a sus hijos. Ella se desempeñó durante 20 años como cocinera y después como capataz de la construcción. Cuando su hijo fue diagnosticado con esquizofrenia, su mundo dio un vuelco. Madre soltera y con un salario insuficiente para pagar medicamentos y un tratamiento adecuado, decidió probar suerte en una sauna pública que ofrecía servicios sexuales a sus clientes.



Una infancia dolorosa en la que su madre la maltrataba física y psicológicamente, y un matrimonio fallido que acabó a los ocho años de estancia en común han hecho que Vera contemple la vida como una lucha constante. Ella ve su oficio de la siguiente manera: «Los hombres sólo necesitan sexo y yo necesito dinero».



Este tipo de historias de trágica y dolorosa magnitud social se contraponen a aquéllas más escandalosas que también involucran a las prostitutas: en 2017, el presidente ruso Vladimir Putin, hablando de un escándalo que involucró al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se refirió al hecho de la siguiente manera: «Se relacionaba con las mujeres más bellas del mundo. Me cuesta mucho imaginar que él corrió a un hotel a reunirse con nuestras chicas de baja moral. Sin lugar a dudas, son las mejores del mundo, pero dudo que Trump cayera en eso».



El acontecimiento al que se refería era aquél en el que, según informó un espía británico, Trump habría contratado los servicios de varias prostitutas en Moscú para que orinaran la cama de la habitación en la que se habían alojado Barack Obama y su esposa Michelle durante una visita a Rusia en 2009.

«Es común ver que las rusas trabajen como prostitutas, porque la situación económica a veces no es muy buena y son los turistas a los que les gusta venir a visitarnos. Somos una atracción y a la vez una fantasía. En mi caso yo cobró 2 mil rublos (60 dólares) por mis servicios y todos los turistas los pagan sin problemas», dice Olga Kyliuchenko, trabajadora sexual de un conocido night club en Moscú.


Sin embargo, la prostitución en San Petersburgo es algo con mucha historia, ya que data desde mediados del siglo XIX. Fue en 1844 que se establecieron normas policiales y sanitarias para que la práctica de la prostitución se diera en condiciones óptimas tanto para las mujeres como para los que iban buscarlas. Había matronas en cada prostíbulo que se dedicaban a la administración monetaria y sanitaria de sus empleadas, las cuales, en la mayoría de los casos, sufrían pagos miserables.



Las prostitutas de la Rusia imperial que pasaban los controles sanitarios y pertenecían a la nómina de un burdel obtenían una cartilla de color amarillo para laborar de manera libre y "amparada" por la ley.

Alexander Kuprín describe un burdel de la siguiente manera en su novela El capitán Rýbnikov: «Aquel lugar era algo entre un burdel caro y un club de lujo: tenía una entrada elegante, un oso disecado en la antesala, alfombras, cortinas de seda, lámparas de araña y sirvientes en frac y guantes. Allí acudían los hombres a terminar la noche cuando cerraban los restaurantes. En aquel lugar se jugaba a las cartas, había vinos caros y siempre se sentía el aroma de las mujeres bonitas y jóvenes, que cambiaban a menudo».

En su obra Girls, Tatiana Vinogradova ha cambiado los burdeles de tapices de terciopelo y fragancias asfixiantes del siglo XIX por las casas donde habitan estas mujeres que son motivo de sus imágenes. Todas ellas han sido expuestas no sólo a la lente de una cámara, sino a las inclemencias de un oficio que en la mayoría de las ocasiones se ejerce por angustiante necesidad.

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Diversos fotógrafos se han inspirado en las radicales historias de la prostitución para hacer un testimonio por medio de la lente

fuente: CC
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Subido por Arturo LedeZma Martìnez

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